Nosotros, los niños tristes. 

Los que somos obligados a vivir una realidad que no queremos

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Desde chicos nos enseñan que el mundo de grandes nos tratara de manera espantosa. Habrán caidas, pérdidas, errores y demás.

La realidad es que es así. Vamos a perder muchas cosas, pero en medida a que lo hagamos ganaremos otras.

Nos vamos a caer infinitas veces, vamos a llorar, y cometer errores que nos harán querer desaparecer.

Pero la vida lo compensa, muchas veces las cosas que nos afectan en un momento, después se convierten en una bendición. Pues nos abren puertas a diferentes lugares, que no habrían sido posibles si nos quedaramos estancados donde estamos.

Nos enseñan que no debemos de sentir desesperación, o sentirnos desubicados. Pero es normal sentirse perdido. No nacimos en un lugar para quedarnos toda la vida allí. Queremos libertad, felicidad.

De esa rosa que nos pintan las historias de la televisión. De esa que leemos en libros, de la que creemos no existe.

Sin embargo, la felicidad no siempre radica en lo que esta aprobado como felicidad por la sociedad.

Actualmente, con una economía decadente, violencia e inseguridad, cosas sencillas son lo que dan felicidad.

Con un sistema educacional impuesto, sin que se nos consulten, siendo presionados a cumplir estándares para saber si somos lo suficientemente buenos o no, nunca llegando a ser lo mejor.

Con los corazones deshumanizados por la violencia, por muertes diarias, por guerras y por discriminaciones.

Con la mente gris por los pensamientos que nos imponen para hacernos creer qué es lo que nos hará bien o que no.

Con las manos atadas por no ser lo suficiente relevantes o importantes para hacer alguna acción que genere un cambio.

Con vendas en los ojos que nos colocan para ocultarnos la realidad.

Intentamos sobrevivir, en todos los ámbitos pero no podemos. Terminamos sucumbiendo en una desolación.

Nos sentimos inutiles, tristes, desechos y fracasos.

Nuestra felicidad se reduce a poder tener dinero suficiente para comer y tener un cuarto como hogar.

Aquellos que se atreven a no seguir el estereotipo, son golpeados por el doble de fuerza de aquellos que se permiten ser doblegados.

Son los que se atreven a salir del sistema educacional impuesto, que tiene el corazón a flor de piel dispuesto a ser golpeado por los verdaderos sentimientos. Con mentes de colores revolucionarios, con las manos libres y los ojos sin obstrucción.

Son esas personas que aceptan que la vida no es siempre bella, que todo se complementa y que es cuestión de disfrutarla.

Son aquellos que no tienen miedo de hablar en voz alta lo que su mente piensa. Aquellos que saben que saldrán golpeados doblemente pero que al haber roto las cadenas de preocupaciones que nos imponen, serán felices.

No siempre será rápida la felicidad, pero valoran cada momento que tomó llegar a ella. Sueño con que un día haya una mayoria de ellos, que de aquellos que viven con el cerebro apegado a reglas y el alma rota.